“El trabajo se diezmó”: la advertencia de un aeroaplicador chaqueño ante el avance de los drones


Marcelo Belich advierte sobre la caída de la demanda de servicios, el cambio en la estructura productiva y la competencia de los drones. En diálogo con APlica, analiza las dificultades económicas que atraviesan las empresas de aeroaplicación, cuestiona la falta de controles sobre los equipos no tripulados y plantea su preocupación por el futuro de la actividad en Argentina.
Marcelo Belich conoce la actividad agropecuaria desde dos lugares: como productor y como prestador de servicios de aeroaplicación. Integrante de la Cámara de Empresas Agroaéreas del Chaco y miembro del Consejo Directivo de la Federación Argentina de Cámaras Agroaéreas (FeArCA), observa cómo se transforma el negocio agrícola y cómo esos cambios repercuten directamente en las empresas que trabajan con aviones. La retracción de los productores pequeños y medianos, el aumento de los costos, los cambios en la elección de cultivos y el avance de los drones configuran un escenario que, según describe, obliga a las empresas a concentrarse en sostener su actividad antes que en crecer. En esta entrevista con APlica, Belich repasa la evolución de su trabajo, analiza las nuevas demandas tecnológicas y expone sus inquietudes sobre la convivencia entre aviones y drones pulverizadores.

¿Cuántas hectáreas trabajan actualmente por campaña, en qué zonas y qué proporción corresponde a cada cultivo? ¿Cómo evolucionó ese volumen de trabajo en los últimos años?
Mi actividad está concentrada en la zona de General Pinedo, en la provincia del Chaco. Tradicionalmente, nuestra producción estaba repartida en partes iguales entre soja y maíz. Sin embargo, los costos y los problemas sanitarios nos obligaron a cambiar completamente la estrategia. Hoy prácticamente no podemos hacer maíz por el problema de la chicharrita y los altos costos. Con la soja también estamos buscando alternativas porque los números no cierran. Estamos en un proceso de transformación, distribuyendo la superficie entre girasol, trigo, cártamo y otros cultivos, con una búsqueda de alternativas que nos permitan mejorar los resultados económicos. Actualmente, trabajamos unas 6.000 hectáreas propias.
¿Cómo estás viendo la próxima campaña agrícola? ¿Qué expectativas tenés respecto del nivel de hectáreas a aplicar, los principales problemas sanitarios y la demanda de servicios de aeroaplicación?
Veo muy difícil hacer crecer una empresa de aeroaplicación en esta zona. Creo que hay que hacer un gran esfuerzo para sostenerse, no para crecer. Hoy, el crecimiento no aparece como una posibilidad concreta. Hubo un cambio de escenario muy marcado porque muchos productores pequeños y medianos, que eran los que nos daban trabajo y nos permitían crecer como empresas de aeroaplicación, quedaron fuera del sistema. Algunos perdieron sus campos por deudas y otros, para poder sostenerse, terminaron alquilándolos a grandes empresas. En muchos casos, esas grandes empresas no contratan servicios externos: compran sus propios aviones, instalan sus bases y hacen las aplicaciones por cuenta propia. De esa manera, nosotros perdemos una parte importante del mercado. En mi caso, durante años me moví en un volumen de entre 40.000 y 60.000 hectáreas. En los últimos años me está costando superar las 20.000. La campaña pasada fue mejor que otras en términos de actividad, pero aun así trabajé unas 25.000 hectáreas. El trabajo se redujo muchísimo y, a eso, se suma el avance de los drones, que nos golpea con fuerza. En determinadas zonas, creo que pueden llegar a desplazar al avión o generarle serios problemas de supervivencia. Todavía falta ver cómo se termina definiendo esa convivencia entre ambas tecnologías.
¿Qué nuevas tecnologías incorporaron o están evaluando incorporar? ¿Qué lugar ocupan los drones, la agricultura de precisión, los mapas de prescripción, los sistemas de navegación y el monitoreo de las aplicaciones?
En materia tecnológica, tengo una mirada crítica sobre algunas de las exigencias que aparecen en el mercado. Muchas empresas buscan pagarnos lo menos posible y, al mismo tiempo, nos piden cada vez más información y servicios adicionales que representan un costo para nosotros. Si tengo que procesar y entregar datos, trabajar con mapas y realizar relevamientos específicos, necesito incorporar una persona más para hacerse cargo de esas tareas. Eso incrementa los costos y, con el volumen de hectáreas que estoy trabajando, no resulta sustentable. Por eso, una cosa es disponer de tecnología para mejorar mi trabajo y otra muy distinta es poder ofrecer un servicio adicional de procesamiento y entrega de datos sin que exista una remuneración que lo justifique. Tengo tecnología disponible para mi trabajo y para mi empresa, pero hoy no puedo ofrecer a mis clientes un servicio de aporte de datos con esas características porque los números no cierran.
¿Cómo está cambiando el perfil del productor que contrata una aplicación aérea? ¿Hay una mayor demanda de precisión, trazabilidad, reducción de deriva y medición de la calidad de aplicación?
El productor de campo que era compinche del piloto prácticamente desapareció en nuestra zona. La nueva generación de productores tiene otra relación con la actividad y, muchas veces, ni siquiera se acerca al hangar para llevarte el producto. Incluso, si uno va a buscar el producto a la agroquímica y se lo lleva al campo, ese servicio es muy bien recibido, aunque no necesariamente esté dispuesto a pagarlo. Es decir, valoran la prestación, sobre todo cuando se ofrece sin costo adicional. También veo que algunos productores evitan recurrir al avión por una cuestión de prejuicios y por las exigencias vinculadas con las recetas y los procedimientos. Cuantas más obligaciones tenemos los aeroaplicadores, más requisitos debemos trasladar a los clientes; y, en determinadas circunstancias, eso termina reduciendo el trabajo. En cuanto a la mitigación de la deriva, en nuestra zona se cometieron errores importantes y hubo problemas en aplicaciones aéreas. Eso hizo que algunos productores recurrieran al avión solamente cuando ya no tenían otra alternativa. Ahora, además, tienen que decidir si hacen el trabajo con avión o con dron. La medición de la calidad de aplicación todavía es considerada por un porcentaje muy pequeño de los productores de la zona. La mayoría busca que el tratamiento funcione y que sea barato; ahí aparece el dilema de siempre: si es bueno, no es barato; si es barato, no es bueno.
Mirando los próximos cinco años, ¿cómo imaginás el futuro de la aeroaplicación en Argentina? ¿Ves una mayor integración entre aviones, drones y equipos terrestres? ¿Qué condiciones deberían darse para que el sector siga creciendo?
Honestamente, si miro los cambios que tuvimos desde 2020 hasta ahora, no me siento en condiciones de anticipar cómo va a ser la actividad en 2032. No sé dónde va a terminar todo esto porque la tecnología está avanzando a una velocidad enorme. La aplicación aérea está atravesando un cambio muy importante y, desde mi punto de vista, preocupante. Durante muchos años, de la aeroaplicación nos ocupamos los pilotos, que en una proporción importante somos profesionales que nos capacitamos, trabajamos sobre los equipos, estudiamos y estamos atentos a los detalles de cada operación. Ahora aparece un aparato volador no tripulado que, en muchos casos, puede quedar en manos de personas sin la formación necesaria en aeroaplicación. El dron también es un aplicador aéreo: no deja de serlo por no tener un piloto a bordo. Las posibilidades de provocar daños existen y pueden ser importantes, tanto con aviones como con drones. Mi preocupación es que se incorporen equipos sin los conocimientos necesarios sobre las condiciones de aplicación, la deriva y los riesgos ambientales. A nosotros nos controlaron y nos regularon durante años. Por eso, considero que los drones también deben contar con controles adecuados y que las exigencias tienen que contemplar los riesgos de la actividad, independientemente de la tecnología utilizada. Me preocupan especialmente los problemas relacionados con la deriva, los daños a cultivos y el ambiente. También he visto situaciones en las que se utilizan drones en lugares donde existen restricciones para las aplicaciones aéreas. El hecho de que sean más pequeños o menos visibles no significa que desaparezcan los riesgos.
En mi opinión, hay situaciones en las que se realizan aplicaciones en condiciones atmosféricas inadecuadas y durante la noche, cuando resulta más difícil detectar la operación. Hay una zona gris en todo esto que me preocupa mucho. No quisiera que, por las malas prácticas de algunos operadores, terminen pagando las consecuencias todos los que trabajan de manera profesional y responsable.


