"El productor ya no pregunta si el dron sirve: pregunta en cuántas hectáreas lo amortiza"
Actualizado: hace 8 horas

Los drones agrícolas dejaron de ser una tecnología experimental y avanzan en el campo argentino, impulsados por una mayor demanda, nuevos equipos y cambios regulatorios. El sector apunta ahora a mejorar la eficiencia de las aplicaciones y avanzar hacia operaciones más automatizadas e inteligentes.
Los drones agrícolas dejaron de ser una tecnología experimental para convertirse en una herramienta que cada vez gana más espacio en el agro. El crecimiento de la demanda, la incorporación de nuevos equipos con mayor capacidad operativa, la reciente actualización normativa de la ANAC y la necesidad de realizar aplicaciones más precisas están impulsando un mercado que muestra una fuerte expansión.
En ese contexto, Sebastián Zantedeschi, Representante Técnico de Ventas y Solution Engineer de DARA (Calpent S.A.), distribuidor oficial de DJI Agriculture, analiza cómo evolucionó el negocio durante el último año, cuáles son las principales ventajas de esta tecnología, qué barreras aún enfrenta el sector y hacia dónde se dirige la próxima generación de drones agrícolas.

¿Cómo evolucionó la demanda de drones agrícolas en Argentina durante el último año y qué perfil de productor es el que más está incorporando esta tecnología?
Sebastián Zantedeschi: El cambio más fuerte del último año no fue de volumen sino de naturaleza de la consulta. Pasamos de la pregunta "¿esto sirve?" a "¿en cuántas hectáreas por campaña lo amortizo y quién me lo repara?". Eso marca que el dron dejó de ser una curiosidad tecnológica para entrar en la matriz de decisión de inversión, al lado de una pulverizadora o un tractor.
Nuestro propio recorrido lo ilustra bastante bien. DARA arrancó hace un año con un solo reseller y unas pocas unidades vendidas. Hoy tenemos cinco resellers activos, con proyección de sumar cinco más en el corto plazo, y ya superamos los cien drones agrícolas colocados. Todo eso en doce meses. Ese salto no lo explica el marketing: lo explica que el productor y el prestador hicieron el número y les cerró.
En cuanto a los perfiles, vemos tres bien diferenciados:
· El prestador de servicios. Es el que más crece y el que empuja el mercado. Compra por facturación por hectárea, calcula el repago en meses y suele empezar con un equipo para terminar armando flota. Es también el más exigente en postventa: si el dron está parado, pierde plata.
· El productor mediano a grande que suma el dron al parque propio, no para reemplazar al terrestre sino para cubrir las ventanas donde el terrestre no llega: piso mojado, cultivo alto, aplicaciones puntuales, cultivos de servicio.
· Las economías regionales. Arroz, citrus, arándano, forestal, caña, vid. Ahí el dron muchas veces no compite con nada: es la única forma razonable de aplicar.
A eso se sumó un factor que destrabó decisiones que estaban frenadas: la actualización normativa que hizo ANAC este año, que simplificó bastante la operación de drones agrícolas en zona rural. Muchas compras que estaban en pausa esperando reglas claras se ejecutaron después de eso.
¿Qué nuevos drones agrícolas están presentando este año en Argentina y cuáles son sus principales características diferenciales?
SZ: Este año DJI Agriculture hizo el lanzamiento global del Agras T55 y del Agras T100 Dual Battery Spraying System, y ambos entran a la Argentina a través de la red oficial. T100 es el equipo de mayor capacidad de la familia Agras. Tanque de pulverización de 100 L en configuración estándar y 90 L en la versión de doble batería, con caudal de hasta 40 L/min mediante aspersores centrífugos de doble atomización con espectro de gota de 50 a 500 µm. Para esparcido de sólidos llega a 150 L con flujo de hasta 400 kg/min, y suma capacidad de izaje de carga. La configuración de doble batería mejora un 50% el tiempo de vuelo estacionario con la misma carga útil: eso, traducido al campo, es menos aterrizajes por hectárea. En seguridad monta LiDAR, sistema Penta-Vision y radar de onda milimétrica, con detección omnidireccional de obstáculos.
El T55 apunta a otro lado: 50 L de tanque, mismo caudal de 40 L/min, esparcido de 80 L (55 kg) e izaje de 40 kg. Es más liviano, más fácil de transportar y logísticamente más simple, con un disipador de calor integrado en la batería que sostiene el rendimiento en jornadas de calor —un detalle nada menor para el verano argentino— y seguimiento de terreno sin necesidad de mapeo aéreo previo, algo muy valioso en montes y lotes irregulares. El diferencial real de esta generación no está en los litros del tanque. Está en la relación entre caudal, autonomía y tiempo muerto. Un equipo que carga más rápido, vuela más tiempo con la misma carga y se recarga en menos segundos, rinde más hectáreas por jornada que uno que simplemente tiene un tanque más grande.
¿Cuáles son las principales ventajas que ofrecen los drones DJI frente a los métodos tradicionales de pulverización y aplicación de insumos, tanto en eficiencia como en sustentabilidad?
Prefiero ser preciso acá, porque hay mucho entusiasmo mal fundado dando vueltas: el dron no reemplaza al equipo terrestre. Lo complementa, y en ciertos escenarios lo supera claramente. En eficiencia, la ventaja principal es la oportunidad de aplicación. Con el suelo mojado, el cultivo alto o una ventana climática de pocas horas, el dron entra y el autopropulsado no. Y aplicar a tiempo, aunque sea con una eficiencia teórica menor, siempre rinde más que aplicar tarde. A eso se suma la eliminación del pisado —en un lote con cultivo desarrollado, la huella del autopropulsado tiene un costo real en rendimiento— y una logística de agua radicalmente distinta: se trabaja con volúmenes de 10 a 30 L/ha contra los 80 a 150 L/ha habituales del terrestre. En sustentabilidad, hay tres puntos concretos y medibles: mucho menos consumo de agua por hectárea, propulsión eléctrica en lugar de gasoil, y cero compactación de suelo. Sumado a eso, la capacidad de aplicación sitio-específica por prescripción permite aplicar donde hace falta y en la dosis que hace falta. Ahora, la contracara honesta: bajo volumen exige más precisión, no menos. Altura, velocidad, tamaño de gota y condiciones de viento dejan de ser detalles y pasan a ser el corazón del trabajo. Por eso insistimos tanto en la medición: en Soportes AMC desarrollamos un sistema de soportes para tarjetas hidrosensibles justamente para que el operador pueda verificar la calidad de aplicación en el lote, con datos y no con impresiones. Un dron mal calibrado aplica mal, igual que una pulverizadora mal calibrada. La tecnología no exime de hacer las cosas bien.
Más allá de la venta del equipo, ¿qué tipo de capacitación, servicio técnico y acompañamiento brinda DARA para garantizar que el productor pueda aprovechar al máximo la inversión?
Nuestra posición es simple: no vendemos drones, vendemos horas de vuelo productivas. Un equipo sin soporte es un fierro caro parado en un galpón. El acompañamiento tiene tres patas. Una es la formación, es decir capacitación de pilotos y operadores en el manejo del equipo, en planificación de misiones y en criterios agronómicos de aplicación. No alcanza con saber volar: hay que saber elegir caudal, tamaño de gota, altura y velocidad según el objetivo y el estado del cultivo. Trabajamos también en la formación técnica de la red de concesionarios, bajo los estándares y certificaciones de DJI Agriculture. La otra es el servicio técnico, tenemos una red de concesionarios con técnicos formados y certificados, con disponibilidad de repuestos y capacidad de diagnóstico y reparación en el país. Vengo del mundo de la maquinaria agrícola —fui técnico de John Deere— y traje de ahí una convicción: la postventa no es un costo, es el activo que sostiene la marca. En temporada, la diferencia entre un equipo parado tres días y uno parado tres horas es toda la diferencia del mundo. Por último, el acompañamiento agronómico y de negocio. Ayudamos a dimensionar el equipo correcto para la operación real —no siempre el más grande es el que más conviene—, a armar el esquema de baterías y generador, y a proyectar el repago. Además, acompañamos en la verificación de calidad de aplicación, que es donde el productor comprueba que la inversión efectivamente está haciendo lo que promete.
¿Qué desafíos encuentran hoy para expandir el uso de drones agrícolas en el país?, ¿Las principales barreras son económicas, regulatorias, técnicas o culturales?
Son las cuatro, pero con pesos muy distintos y en distinto orden que hace dos años.
En cuanto al regulatorio: a nivel nacional el cuadro mejoró mucho. Las últimas actualizaciones de ANAC ampliaron las posibilidades de operación en zona rural y simplificaron requisitos para el productor que trabaja dentro de su propio campo. El cuello de botella hoy se corrió a otras capas: los registros provinciales de aplicadores, que avanzan a distinta velocidad y con criterios diferentes según la provincia; las ordenanzas municipales de distancias periurbanas; y sobre todo un tema de fondo que se discute poco: la mayoría de los marbetes de fitosanitarios no tiene dosis validadas para aplicación aérea de bajo volumen con dron. Ahí hay trabajo pendiente de la cadena entera, no solo del regulador. El económico es la barrera clásica de acceso al capital y de financiación en pesos a plazos razonables. Se está resolviendo por el lado del prestador de servicios, que hace el número y lo cierra rápido. El técnico ya que hay falta de operadores formados. El mercado creció más rápido que la oferta de gente capacitada, y eso genera malas aplicaciones que después se le atribuyen a la tecnología. Por último, el cultural: dos extremos igual de problemáticos. El escéptico que cree que el dron es un juguete, y el entusiasta que cree que reemplaza todo. La adopción sana está en el medio, y ese es un trabajo de divulgación con datos que nos toca a los que estamos en el sector.
Mirando hacia los próximos cinco años, ¿qué innovaciones creen que transformarán el trabajo con drones en el agro y qué lugar ocupará la inteligencia artificial en esa evolución?
Veo cuatro líneas de evolución. De un piloto por dron a un operador supervisando varios. La operación multi-equipo coordinada, con bases de carga y logística asistida, es lo que va a cambiar la economía del servicio. Hoy el techo de la operación no es el dron, es la persona. Aplicación selectiva en tiempo real. El paso siguiente a la dosis variable por prescripción es la decisión tomada durante el vuelo: detectar la maleza o el foco y aplicar solo ahí. Eso convierte una reducción marginal de insumo en una reducción de orden de magnitud. Ciclo cerrado de datos. Mapear con sensor multiespectral, generar la prescripción, aplicar y verificar el resultado. Hoy esas etapas viven en herramientas separadas; en cinco años van a ser un solo flujo. Nuevos usos más allá de la pulverización. Siembra aérea, cultivos de servicio, esparcido de fertilizante, izaje de carga en zonas sin acceso. Los equipos de esta generación ya vienen preparados para eso.
Sobre la inteligencia artificial, mi lectura es que va a ocupar tres lugares muy concretos y bastante poco espectaculares: percepción y seguridad —evitación de obstáculos, seguimiento de terreno sin mapeo previo, algo que ya está funcionando hoy—, diagnóstico agronómico a partir de imágenes, y gestión de flota, con mantenimiento predictivo y optimización de rutas y recargas. Ahora, una advertencia: hay algo que la IA no va a cambiar, y es la física de la gota. Podés tener el mejor algoritmo del mundo arriba del dron, pero si la gota se evapora antes de llegar al objetivo o se va con el viento, no aplicaste nada. Por eso la medición a campo va a seguir siendo tan importante dentro de cinco años como lo es hoy.






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