Cuando la langosta oscurecía el cielo: la historia de la plaga que impulsó el nacimiento de la lucha aérea en Argentina
Las mangas destruían cosechas enteras y obligaron al Estado a desarrollar una estrategia inédita que combinó investigación científica, barreras metálicas, lanzallamas y los primeros ensayos de aviación agrícola, sentando las bases del control fitosanitario moderno.
Hubo una época en la que la principal preocupación del campo argentino no eran las sequías, las inundaciones ni las fluctuaciones de los mercados internacionales. El enemigo era mucho más pequeño, pero infinitamente más devastador: la langosta sudamericana (Schistocerca cancellata). Durante décadas, enormes mangas recorrían el norte y el centro del país consumiendo prácticamente toda la vegetación que encontraban a su paso. Trigo, maíz, sorgo, algodón, alfalfa, frutales y pasturas desaparecían en cuestión de horas, generando pérdidas millonarias y comprometiendo el abastecimiento de alimentos. Las invasiones se registraban desde mediados del siglo XIX y afectaban regularmente a provincias como Santiago del Estero, Chaco, Formosa, Salta, Tucumán, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y Buenos Aires, además de avanzar desde Bolivia y Paraguay cuando las condiciones climáticas favorecían su reproducción.

La plaga que obligó a crear una política de Estado
La magnitud del problema llevó al gobierno argentino a organizar uno de los primeros programas nacionales de sanidad vegetal. En 1933 se creó la Comisión Central de Investigaciones sobre la Langosta, integrada por ingenieros agrónomos, entomólogos y especialistas encargados de estudiar el comportamiento del insecto y desarrollar métodos más eficaces para combatirlo. La creación de este organismo marcó un cambio de paradigma. Hasta entonces las campañas eran esencialmente reactivas; a partir de ese momento comenzaron a incorporarse la investigación científica, el monitoreo permanente y la planificación de estrategias nacionales de control.
La batalla en tierra
Antes de la aparición de los insecticidas modernos, combatir una manga de langosta era una tarea gigantesca. Los esfuerzos se concentraban sobre las ninfas, conocidas popularmente como "saltonas", que todavía no podían volar y avanzaban caminando en enormes columnas. Para detenerlas se construían largas barreras de chapa galvanizada, cuya superficie lisa impedía que los insectos treparan. Estas barreras conducían a las langostas hacia profundas zanjas, donde eran enterradas o eliminadas mediante fuego. Con el tiempo comenzaron a utilizarse también los primeros lanzallamas fabricados en Argentina, capaces de destruir rápidamente grandes concentraciones de ninfas antes de que desarrollaran alas. Aquellas campañas movilizaban a miles de personas. Productores, peones rurales, empleados públicos, soldados y vecinos trabajaban durante jornadas enteras cavando zanjas, instalando barreras y siguiendo el desplazamiento de los enjambres. Sin embargo, todos estos métodos resultaban prácticamente inútiles cuando las langostas alcanzaban el estado adulto y emprendían vuelo.
La década del 30 y el nacimiento de la aviación agrícola
Fue precisamente esa limitación la que llevó a los investigadores a buscar nuevas alternativas. En los primeros años de la década del treinta comenzó a gestarse una idea revolucionaria para la época: combatir la langosta desde el aire. Los integrantes de la Comisión Central entendían que solamente un avión podía recorrer rápidamente grandes extensiones y alcanzar mangas que se desplazaban decenas de kilómetros por día. La aviación agrícola todavía no existía como actividad organizada en Argentina, pero la necesidad de controlar la plaga impulsó los primeros proyectos de aplicaciones aéreas. Los especialistas comenzaron a estudiar la utilización de nuevos insecticidas, especialmente el arsenito sódico, y evaluaron la posibilidad de distribuirlos mediante aeronaves.

Los primeros ensayos con aviones Junkers
Entre los proyectos más innovadores figuró la utilización de los modernos aviones Junkers, aeronaves metálicas de fabricación alemana que operaban en el país. La Comisión Central mantuvo contactos con la aviación civil, solicitó presupuestos a Aeroposta Argentina y analizó adaptar estas aeronaves para transportar tolvas con insecticidas en polvo, que serían liberados sobre las mangas durante el vuelo. La propuesta era extremadamente avanzada para su tiempo: utilizar el avión para cubrir rápidamente superficies que por tierra requerían cientos de personas y varios días de trabajo. Aunque existen registros históricos y fotografías de aquellos ensayos, las limitaciones tecnológicas de la época impidieron que el sistema pudiera implementarse de manera masiva.
Una tecnología adelantada a su tiempo
Los aviones disponibles durante los años treinta presentaban numerosas limitaciones.
Su capacidad de carga era reducida, los sistemas de dispersión de productos apenas comenzaban a desarrollarse y no existían aeronaves específicamente diseñadas para aplicaciones agrícolas. Además, los costos operativos eran elevados y la infraestructura aeronáutica argentina todavía era incipiente. Por ese motivo, los vuelos experimentales convivieron durante varios años con los métodos tradicionales de combate terrestre. A pesar de ello, aquellas experiencias demostraron por primera vez que la aviación podía convertirse en una herramienta estratégica para la sanidad vegetal.
Los primeros intentos de control biológico
Mientras avanzaban las investigaciones sobre aplicaciones aéreas, científicos argentinos también exploraban alternativas biológicas. Uno de los pioneros fue el entomólogo Juan Brèthes, quien estudió una mosca parasitoide (Sarcophaga caridei) capaz de atacar naturalmente a las langostas. Su propuesta consistía en criar millones de estos insectos para liberarlos en las zonas afectadas. Si bien los resultados iniciales fueron alentadores, las dificultades técnicas para producirlos a gran escala impidieron que el método pudiera reemplazar a las campañas tradicionales.
La revolución llegó después de la Segunda Guerra Mundial
Los ensayos iniciados durante la década del treinta sentaron las bases de la aviación agrícola argentina, pero recién después de la Segunda Guerra Mundial la tecnología permitió dar el salto definitivo. La disponibilidad de aeronaves excedentes del conflicto, motores más potentes y nuevos insecticidas hizo posible el desarrollo de verdaderas campañas aéreas. Desde 1946, Argentina comenzó a incorporar sistemáticamente aviones agrícolas, equipos terrestres motorizados y plantas para la elaboración de cebos tóxicos, transformando por completo la lucha contra la langosta. Las aplicaciones aéreas permitieron detectar y controlar rápidamente los focos de reproducción, cubrir miles de hectáreas en pocas horas y actuar antes de que las mangas alcanzaran el estado adulto.
Una herramienta que sigue siendo fundamental
La experiencia acumulada durante aquellas décadas convirtió a la aviación agrícola en uno de los principales instrumentos para combatir las plagas de gran escala.
Décadas más tarde, cuando Schistocerca cancellata volvió a reactivarse entre 2015 y 2020, el país recurrió nuevamente a los aviones agrícolas, que trabajaron coordinadamente con el SENASA y las provincias para contener el avance de las mangas.
Actualmente, el control de la langosta se basa en un sistema permanente de vigilancia, monitoreo y alerta temprana, apoyado en imágenes satelitales, modelos climáticos, recorridas terrestres y aplicaciones aéreas focalizadas.
El legado de una lucha histórica
La historia de la langosta en Argentina es también la historia del nacimiento de la sanidad vegetal moderna y de la aviación agrícola nacional. Lo que comenzó con zanjas, barreras metálicas y lanzallamas evolucionó hacia estrategias basadas en la ciencia, la vigilancia permanente y el uso de aeronaves especializadas.
Aquellos primeros ensayos de los años treinta, impulsados por la necesidad de proteger las cosechas, demostraron que el avión podía convertirse en un aliado indispensable del campo argentino. Más de nueve décadas después, la lucha contra la langosta sudamericana continúa, pero con herramientas infinitamente más precisas que aquellas utilizadas por quienes enfrentaron las primeras grandes invasiones que marcaron la historia agropecuaria del país.






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