“La aviación agrícola necesita reglas claras y oportunidades para adaptarse a las nuevas tecnologías”, sostuvo Belich


El empresario aeroaplicador chaqueño Marcelo Belich advirtió sobre la fuerte reducción del trabajo de los aviones agrícolas en su región, especialmente en el cultivo de girasol.
El empresario aeroaplicador chaqueño Marcelo Belich advirtió sobre la fuerte reducción del trabajo de los aviones agrícolas en su región, especialmente en el cultivo de girasol. Reconoció las ventajas operativas que ofrecen los drones, pero planteó la necesidad de garantizar condiciones de competencia responsables, seguridad operacional y acompañamiento a las empresas que atraviesan esta transformación tecnológica. La expansión de los drones pulverizadores está modificando profundamente el mercado de las aplicaciones agrícolas en distintas regiones del país. En el Chaco, donde históricamente la aviación agrícola ha tenido una participación importante en cultivos como el girasol, este proceso comienza a generar dificultades económicas para empresas que durante décadas desarrollaron su actividad mediante aeronaves tripuladas. Marcelo Belich, productor y empresario aeroaplicador chaqueño, describió esta situación a partir de su propia experiencia y manifestó su preocupación por el futuro de los prestadores tradicionales. “Acá estamos medio desalmados porque la cosecha nuestra en aviación agrícola era el girasol”, expresó al recordar que buena parte de la actividad anual de su empresa se concentraba entre el inicio de la primavera y fines de diciembre. Según explicó, desde sus comienzos en 2002 y hasta la campaña 2016/2017, el girasol representaba aproximadamente el 50% de su trabajo anual. En aquel período, las campañas podían alcanzar entre 25.000 y 40.000 hectáreas aplicadas, con un piso habitual de entre 285 y 300 horas de vuelo y registros superiores en determinados años. Hoy, sin embargo, ese escenario ha cambiado considerablemente.

Una transformación que exige adaptación
Belich reconoce que los drones han encontrado un espacio importante dentro de la actividad agrícola debido a sus características operativas, especialmente para determinados tratamientos, superficies y modalidades de trabajo.
En el caso del girasol, explicó que los productores requieren aplicaciones coordinadas con el ritmo de cosecha, que puede ubicarse entre 50 y 60 hectáreas diarias por equipo. La posibilidad de que un dron permanezca trabajando en el establecimiento y acompañe esa demanda constituye una ventaja valorada por muchos productores. Esta realidad, según su experiencia, ha provocado un desplazamiento importante del trabajo que anteriormente realizaban los aviones agrícolas. Sin embargo, el problema no se limita a la aparición de una nueva tecnología. Las empresas aeroagrícolas tradicionales deben mantener aeronaves, infraestructura, personal capacitado, seguros, habilitaciones y una estructura operativa que implica costos significativos, incluso cuando disminuyen las horas de vuelo. Por ese motivo, una reducción sostenida de la actividad puede comprometer la viabilidad económica de numerosas empresas que durante años invirtieron en equipos, capacitación y profesionalización. El desafío, por lo tanto, no consiste únicamente en recuperar hectáreas de trabajo, sino también en encontrar nuevas formas de organización y prestación de servicios que permitan adaptarse a las necesidades actuales de la producción.

Aviones y drones: tecnologías que pueden complementarse
La incorporación de drones no debería interpretarse necesariamente como una competencia excluyente para la aviación agrícola tradicional. Ambas tecnologías presentan características y capacidades diferentes, cuya conveniencia depende de múltiples factores: extensión y ubicación de los lotes, condiciones del terreno, oportunidad del tratamiento, autonomía operativa, capacidad de trabajo, calidad de aplicación y costos. Mientras los drones ofrecen ventajas para determinadas situaciones productivas, los aviones agrícolas mantienen atributos relevantes en términos de cobertura de grandes superficies, capacidad de respuesta y desplazamiento entre establecimientos. En consecuencia, el futuro podría orientarse hacia esquemas de servicios integrados, donde aviones, drones y equipos terrestres se complementen en función de las necesidades específicas de cada productor. Para las empresas aeroagrícolas, esta transformación también representa una oportunidad de diversificar servicios, incorporar nuevas tecnologías y aprovechar su experiencia técnica y operativa. No obstante, esa adaptación requiere tiempo, inversiones y condiciones previsibles para poder desarrollarse.

El desafío de las reglas claras y los controles efectivos
Uno de los aspectos que más preocupa a Belich es la existencia de diferencias en las condiciones de funcionamiento y fiscalización de los distintos sistemas de aplicación.
Los operadores de aeronaves tripuladas deben cumplir con exigencias aeronáuticas, administrativas y operativas que forman parte de su actividad profesional. Los drones también cuentan con un marco regulatorio específico. Sin embargo, para Belich, resulta necesario determinar si las exigencias y los controles se aplican efectivamente y si contemplan adecuadamente los riesgos propios de las operaciones agrícolas. La discusión no debería centrarse en imponer idénticos requisitos a tecnologías diferentes, sino en asegurar que todas las actividades se desarrollen con niveles apropiados de seguridad, capacitación, identificación y responsabilidad.
En este sentido, surgen interrogantes que merecen respuestas concretas:
- ¿Cómo se verifica el cumplimiento de las condiciones de operación de los prestadores comerciales?
- ¿Qué mecanismos permiten identificar a los operadores y establecer sus responsabilidades?
- ¿Cómo se garantiza una adecuada capacitación para realizar aplicaciones fitosanitarias?
- ¿Qué procedimientos deben establecerse para prevenir conflictos entre aeronaves tripuladas y drones que operan en una misma zona?
- ¿De qué manera se coordinan los controles aeronáuticos con las exigencias de las autoridades agropecuarias provinciales?
Estas cuestiones adquieren especial importancia cuando las operaciones se desarrollan en espacios rurales compartidos, donde la prevención de incidentes y la coordinación entre operadores resultan fundamentales.
La calidad de aplicación debe ser un objetivo común
Más allá de las diferencias tecnológicas, existe un principio que debería orientar a todos los prestadores de servicios: la aplicación debe realizarse de manera profesional, segura y agronómicamente eficiente. Para el productor, lo verdaderamente importante no es solamente cuánto cuesta una aplicación, sino que el tratamiento se realice oportunamente, con la calidad necesaria y con resultados que justifiquen la inversión.
En ese marco, la capacitación de los operadores, la calibración de los equipos, las buenas prácticas, la prevención de la deriva y la trazabilidad de los trabajos constituyen aspectos centrales, independientemente de que la aplicación sea realizada por un avión, un dron o un equipo terrestre. Promover criterios técnicos verificables contribuiría a fortalecer la confianza de los productores y de la sociedad en el conjunto de la actividad.
Un sector que necesita información y propuestas
La experiencia relatada por Belich refleja una transformación que merece ser estudiada con mayor profundidad. Resultaría valioso contar con información objetiva sobre la evolución de las hectáreas aplicadas, las horas de vuelo, la participación de las distintas tecnologías y las condiciones económicas de las empresas prestadoras. Ese conocimiento permitiría dimensionar el problema, identificar diferencias regionales y elaborar propuestas que acompañen la modernización del sector. También sería conveniente profundizar el diálogo entre autoridades aeronáuticas, organismos agropecuarios, operadores de aviones y drones, instituciones técnicas y productores.
El objetivo debería ser construir condiciones de trabajo previsibles, con controles proporcionados, seguridad operacional y oportunidades reales de desarrollo para las empresas.
Preservar la experiencia y construir el futuro
La aviación agrícola argentina dispone de décadas de trayectoria, infraestructura, conocimientos técnicos y profesionales capacitados que constituyen un patrimonio valioso para la producción agropecuaria. Preservar esa capacidad no significa impedir la incorporación de nuevas tecnologías, sino procurar que la transformación del sector se produzca con criterios de profesionalización, seguridad y sustentabilidad económica.
La preocupación expresada por Belich invita a reflexionar sobre la necesidad de acompañar a las empresas que enfrentan cambios importantes en sus mercados de trabajo. “El desafío no debería ser elegir entre aviones y drones, sino construir un sistema de aplicaciones agrícolas donde cada tecnología aporte sus ventajas, con reglas claras, controles efectivos y responsabilidad profesional”, sostuvo Belich.
En definitiva, el futuro de la actividad dependerá tanto de su capacidad para incorporar innovaciones como de las condiciones que permitan sostener empresas eficientes, seguras y comprometidas con las necesidades del productor. La innovación tecnológica y la experiencia acumulada no deberían enfrentarse: pueden complementarse para construir una agricultura más eficiente y responsable.


