Mostaza, el INTA estudia con imágenes aéreas un cultivo de servicio para mejorar la salud del suelo
Especialistas del INTA evalúan distintas variedades de mostaza como cultivos de servicio con efecto biofumigante. En paralelo, equipos del Conicet utilizan imágenes aéreas y drones para medir cobertura, biomasa y generar mapas por ambientes que permitan caracterizar el comportamiento de estos materiales.

La investigación sobre cultivos de servicio suma una nueva herramienta: los drones. Especialistas del INTA Famaillá avanzan en la evaluación de distintas variedades de mostaza por su potencial para reducir la presencia de nematodos, hongos fitopatógenos y malezas, mientras equipos científicos incorporan imágenes aéreas y análisis geoespaciales para conocer con mayor precisión cómo se comportan estos cultivos en el suelo. El objetivo es combinar biofumigación, agricultura de precisión y manejo por ambientes para generar información que permita mejorar la salud del suelo y reducir la dependencia de insumos químicos.
La mostaza como biofumigante
La estrategia se basa en aprovechar la descomposición de la biomasa de mostaza. Durante ese proceso se generan isotiocianatos, compuestos que presentan toxicidad para distintos fitopatógenos. “La técnica se basa en el efecto que produce la descomposición de la mostaza incorporada al suelo, proceso durante el cual se generan compuestos que resultan tóxicos para diversos fitopatógenos. Estos compuestos son los isotiocianatos”, explicó María de los Ángeles Quinteros, investigadora del INTA Famaillá. Los primeros ensayos realizados en tomate mostraron una disminución en las poblaciones de nematodos y hongos fitopatógenos. A partir de esos resultados, los investigadores ampliaron las evaluaciones hacia otros sistemas productivos.
En frutilla, por ejemplo, la técnica combina la incorporación de la biomasa con riego y cobertura plástica. El objetivo es generar condiciones de fermentación y elevar la temperatura del suelo, potenciando el efecto biofumigante mediante un proceso conocido como biosolarización. La herramienta también puede reducir la utilización de productos químicos y generar beneficios adicionales sobre el suelo. “Además de reducir la presión de patógenos, esta práctica permite disminuir el uso de agroquímicos, herbicidas y nematicidas, al tiempo que mejora el contenido de materia orgánica y la disponibilidad de nitrógeno en el suelo”, señaló Quinteros.
El dron entra en escena
Uno de los aspectos más relevantes del trabajo es la incorporación de drones e imágenes aéreas para caracterizar los cultivos de servicio. El trabajo se desarrolla en conjunto con el Conicet, a través de Gustavo Martos y su equipo especializado en imágenes satelitales y aéreas y utilización de drones. Las imágenes permiten analizar variables como cobertura y biomasa, además de calcular índices de vegetación y humedad. Entre los indicadores utilizados aparecen NDVI, VARI, GLI y NDMI, herramientas que permiten transformar las imágenes obtenidas desde el aire en información sobre el comportamiento del cultivo. El procesamiento de estos datos permite avanzar en interpretaciones geoespaciales y en la elaboración de mapas por ambientes productivos. Así, el dron deja de ser solamente una herramienta de monitoreo visual y pasa a convertirse en una fuente de datos para caracterizar la distribución de biomasa y cobertura dentro del lote. La información se articula con el trabajo de Cristina Morales, Karina Zelaya y Pablo Benedetti, dentro de las evaluaciones que buscan conocer el potencial de las mostazas como cultivos de servicio.
Mostaza para los sistemas extensivos
En los sistemas de granos de primavera-verano, los investigadores evalúan una estrategia diferente a la utilizada en horticultura. Por la superficie involucrada, no se utiliza cobertura plástica. La mostaza se corta y queda sobre el suelo aproximadamente 40 días antes de la siembra del cultivo de renta. Durante ese período, la biomasa se descompone y libera los compuestos asociados con el efecto biofumigante. Al mismo tiempo, el cultivo aporta materia orgánica y puede contribuir al control de malezas y a la mejora de las condiciones físicas y biológicas del suelo.
Dos materiales bajo evaluación
Entre los materiales estudiados se encuentra Sinapis alba var. Delfina INTA, una mostaza comestible desarrollada por el INTA a partir del trabajo del investigador Ignacio Paunero. El material es evaluado por su potencial como cultivo de servicio, con capacidad para aportar biomasa, favorecer la biología del suelo y contribuir al manejo de nematodos fitófagos, hongos fitopatógenos y malezas. También está bajo análisis Brassica juncea var. Santa Catalina, desarrollada por el equipo de Omar Perniola en la Estación Experimental Santa Catalina de la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales de la Universidad Nacional de La Plata, con participación de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora.
El INTA Famaillá estudia sus propiedades biofumigantes y su comportamiento en el suelo, además de los beneficios vinculados con el aporte de materia orgánica y el manejo de malezas.
De la imagen aérea al mapa de ambientes
La incorporación de drones abre una segunda dimensión en la investigación: no solo importa qué variedad de mostaza se utiliza, sino también cómo se desarrolla dentro de cada ambiente productivo. Las imágenes aéreas permiten detectar diferencias en cobertura y biomasa y, mediante índices espectrales, generar información espacial del cultivo. Esa información puede convertirse en mapas que ayuden a interpretar la variabilidad dentro de los lotes. El enfoque apunta a integrar la investigación sobre cultivos de servicio con herramientas de agricultura de precisión, generando información que permita tomar decisiones de manejo con mayor nivel de detalle. En paralelo, el INTA Famaillá continúa evaluando Sinapis alba en Tucumán para el manejo de nematodos, hongos y malezas, entre otros organismos perjudiciales.
“Además de contribuir al manejo de organismos perjudiciales, estas especies permiten aportar materia orgánica y favorecer las condiciones físicas y biológicas del suelo”, destacó Quinteros.
La investigación plantea así una combinación de tecnologías y prácticas: mostazas biofumigantes para mejorar el suelo, drones para medir la respuesta del cultivo e imágenes para transformar esa información en mapas de ambientes. Una estrategia que busca avanzar hacia sistemas productivos con mayor precisión y menor dependencia de insumos químicos.


